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Costo económico de los temporales: ¿Cómo afectan la economía chilena?

Cuando un sistema frontal azota a Chile, el foco de atención se dirige casi de inmediato hacia las imágenes impactantes de viviendas inundadas, caminos interrumpidos y la falta de suministro eléctrico. Sin embargo, desde el análisis económico, los verdaderos costos de estos fenómenos extremos suelen ser menos visibles. El daño más significativo ocurre cuando se interrumpe la actividad productiva, afectando una cadena de suministro interconectada que abarca productores, transportistas, distribuidores, comercios y consumidores. La interrupción de cualquier eslabón de esta cadena provoca un efecto dominó que repercute en toda la economía, haciendo necesario contemplar estos eventos desde una óptica más holística.

Recientes estimaciones revelan la magnitud del impacto económico tras un sistema frontal, aunque estas cifras deben tomarse como preliminares. La Cámara Nacional de Comercio estima que el comercio minorista podría enfrentar pérdidas que oscilan entre 20 y 25 millones de dólares, en gran parte por el cierre de locales y dificultades para abastecer el mercado. Por su parte, investigaciones de diversas consultoras destacan que el impacto total del sistema se acerca a los 400 millones de dólares, abarcando daños en infraestructuras, agricultura, comercio, turismo y minería. Estas cifras sugieren que el Índice Mensual de Actividad Económica (Imacec) de julio podría enfrentar una caída de entre 0,2 y 0,3 puntos porcentuales, reflejando el parón de la actividad durante días críticos.

Más allá de los números, es crucial entender las ramificaciones que conllevan estos fenómenos climáticos. Con carreteras cortadas, puentes inutilizables y centros de distribución parados, el efecto no se limita a la simple dilación en el transporte de mercancías. Aumentan también los costos logísticos, se añaden retrasos a las exportaciones y se interrumpen los procesos productivos, lo que puede comprometer gravemente la liquidez de miles de pequeñas empresas. La sincronización de estos elementos hace que los costos se multipliquen, afectando diversos sectores de la economía de manera simultánea.

La geografía chilena, con su particular dependencia de la conectividad, exacerba la vulnerabilidad ante este tipo de fenómenos climáticos. Gran parte del transporte interno se sustenta en una extensa red vial, mientras que todo el comercio exterior reposa sobre la infraestructura portuaria del país. Así, un temporal no solo constituye una crisis climática; también se convierte en una prueba decisiva para la resiliencia de nuestro sistema logístico. Por esta razón, es vital que el país desarrolle mecanismos efectivos para garantizar que sus cadenas de suministro puedan operar con fluidez, incluso en condiciones adversas.

El cambio climático, por su parte, plantea un desafío adicional al entorno empresarial y económico. Muchas empresas han optado por reducir inventarios con el fin de aumentar su eficiencia, un modelo que en condiciones normales funciona, pero que se vuelve frágil ante interrupciones prolongadas. La agricultura, por ejemplo, puede beneficiarse de las lluvias para combatir la sequía, pero el impacto de la misma puede traducirse en pérdidas en infraestructuras de riego y cultivos. Por lo tanto, es imperativo reconsiderar cómo se evalúa la inversión pública, integrando no solo el costo de construcción de infraestructuras, sino también los costos de inactividad asociada. Así, la resiliencia pasa de ser un simple concepto ambiental a convertirse en un criterio clave para la economía del país.

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