La situación laboral en Chile se encuentra bajo una presión significativa, impulsada por dificultades para cubrir vacantes, la implementación de la reducción de la jornada laboral y un cambio en las expectativas de los trabajadores. Con una tasa de desempleo que se sitúa en aproximadamente el 8,5% y una preocupante tasa de informalidad que alcanza el 26%, el escenario actual pone de relieve las debilidades estructurales del mercado laboral. La ley de 40 horas, que ya ha comenzado a regir con una reducción de la jornada laboral a 42 horas semanales, plantea un nuevo desafío para las empresas que deben adaptarse a un entorno donde la productividad por hora sigue siendo significativamente inferior al promedio de la OCDE.
A esta situación se suma el desajuste entre las habilidades que el mercado laboral requiere y aquellas que los candidatos poseen, lo que complica aún más la búsqueda de talento. «Hoy el problema no es la falta de candidatos, sino el desajuste entre lo que las empresas necesitan y lo que el mercado está ofreciendo», explica Javier Galaz, CEO de Grafton Latam. Este fenómeno se agudiza en un contexto donde la escasez de trabajadores calificados en áreas cruciales como la digitalización y la transición energética plantea serios obstáculos para el desarrollo económico del país. Mientras muchas ofertas de trabajo demandan habilidades técnicas específicas, los postulantes priorizan condiciones laborales más flexibles y un enfoque en su bienestar y desarrollo.
Además, el regreso a la presencialidad está generando tensiones en un mercado laboral que había abrazado el trabajo remoto. Más del 87% de las ofertas actuales requieren asistencia física, lo cual contrasta con las expectativas de los trabajadores, que buscan más flexibilidad en sus roles. Esta dicotomía ha llevado a las empresas a redefinir los perfiles de los candidatos que desean atraer, favoreciendo a aquellos profesionales con habilidades híbridas que combinan la capacidad técnica con el liderazgo y el pensamiento estratégico.
La reducción de la jornada laboral a 42 horas por semana, más allá de ser un cambio normativo, representa un punto de inflexión para las organizaciones. La medida, si bien busca mejorar la calidad de vida laboral, también implica un desafío sustancial en términos de sostenibilidad de la productividad. El CEO de Grafton Latam destaca que «Chile llega a este cambio con productividad estancada hace más de 15 años», lo que requiere un rediseño completo de las operaciones laborales para evitar replicar la misma carga de trabajo en un tiempo menor, lo que podría resultar en sobrecargas y una caída en la productividad.
Por otra parte, la respuesta a este cambio no ha sido homogénea entre grandes empresas y pequeñas y medianas empresas (pymes). Mientras las grandes organizaciones están avanzando en formas de adaptación, muchas pymes, sobre todo las que dependen de operaciones continuas, como el retail y la logística, enfrentan mayores dificultades para implementar esta reducción de jornada sin comprometer su eficiencia. El riesgo de simplemente intentar mantener la misma carga laboral en menos horas podría deteriorar el clima organizacional y afectar el empleo formal, poniendo en jaque la recuperación y la calidad del empleo en el país.




